Un humano de la prehistoria daba por hecho que su vida sería igual a la de su padre y la de su hijo sería igual a la suya. Debían pasar cientos de miles de años para que hubiese algún cambio significativo. Un campesino de la Edad Media sabía que su vida sería igual a la de su padre y la de su hijo sería igual a la suya. Tenían que pasar cientos de años para que sus vidas diesen un vuelco y lo esperable no sucediese. En el siglo XX los hijos querían que sus vidas fuesen diferentes a las de sus padres y, con mucho esfuerzo, lograron que la vida cambiase a cada década. Se necesitaban años para lograr cambios que hoy nos parecen evidentes. ¿Quién puede saber hoy lo que sucederá mañana, dentro de una hora o en el próximo minuto? Cada semana ofrecen en televisión un partido del siglo, como si los siglos durasen ahora siete días. Los cambios, deseados o no, se suceden y se llevan por delante, como un tsunami, todo lo que encuentran, lo bueno y lo malo. El tiempo se acelera de manera vertiginosa y nos arrastra. En los teatros los estrenos se agolpan, se suceden; las obras desaparecen de cartel, quizá se perdió algo que merecía la pena verse pero…ya no hay remedio, otra obra ocupó su lugar.

Nada que perder entra en su quinto mes de programación. La lista se mantiene cada domingo gracias a la comunión emocional que ha ido creando con el público. El Festival Territorio Danza celebra su XIII edición. Vamos a contracorriente, luchando contra lo efímero, permitiendo que el teatro deje huella. Aquí el tiempo es otro.

 

 

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