Empezamos un año nuevo y todos queremos  novedades y cambios. Os ofreceremos de todo  en nuestra próxima programación. Y, sin embargo, comenzamos con la vuelta de Nada que perder. ¡Qué contradicción!… ¿O no?

Las obras de teatro son organismos vivos. El período de gestación de Nada que perder fue mucho más largo que el de un ser humano, dieciocho meses. Nació,  se presentó al público en nuestra sala y afortunadamente fue muy bien acogido. Ello hizo que día tras día se fortaleciese y creciese sano haciendo que nos sintiésemos orgullosos de lo que habíamos gestado. Después de un tiempo decidió independizarse, conocer mundo. Como no podía ser de otra manera, y superando nuestro temor de padres a lo que pudiese encontrar por ahí,  viajó a muchas partes de España. Enfrentarse a las dificultades le fortaleció y mejoró. El contacto con gente de diferentes lugares le hizo darse cuenta de qué era fundamental y qué accesorio; le hizo aprender a relacionarse mejor con toda clase de personas y conocerse mejor.  Volvió a casa durante un tiempo y el reencuentro, tras esa juventud viajera, fue espléndido. Ya no era el mismo. Los valores que antes tenía se habían enriquecido y  contaba con experiencias propias que trascendían lo que nosotros pusimos en él. Como ya no podía renunciar a la experiencia del viaje, volvió a salir, esta vez incluso al extranjero. Cada visita a un lugar diferente le siguió enriqueciendo y los premios le sentaron bien porque, aún con el paso del tiempo, no había perdido su humildad y afán de aprender. Ahora, de nuevo, vuelve a casa. No es el mismo. Vuelve en plena madurez.

Nada que perder no es la misma obra, es mejor. Las experiencias le han hecho crecer. Si antes era su energía juvenil lo que impactaba, ahora, en su madurez, esa energía es más serena y controlada. Ni un ápice de ella se desperdicia y la relación con el público es aún más intensa que cuando lo presentamos por primera vez.

Esperamos que disfrutes, sea o no por primera vez.

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