Cuando vemos a alguien tirarse desde lo alto de un acantilado practicando salto base con sólo una leve membrana de tela a sus espaldas que hace la función de ala,  sentimos una mezcla de envidia y temor. Envidia por no poder experimentar esa intensa sensación de libertad al volar como un pájaro. Temor por lo arriesgado de la empresa. Sobre todo si el riesgo implica nuestra propia vida.

Los actores tienen la ventaja, cuando están en un escenario, de poder disfrutar de las emociones y sensaciones intensas de las situaciones de riesgo sin poner en peligro la propia vida. Cuando termina la función, el actor puede respirar tranquilo porque las consecuencias de lo que ha ocurrido se quedan en el ámbito de la ficción. ¿Por qué no invitar a los espectadores a que tengan esa misma experiencia? ¿Por qué no invitarle a que haga una inmersión en lo que la obra propone y no ser un mero espectador a distancia? Ese era el desafío que planteaban algunos de los espectáculos que hemos visto a lo largo de los años en este espacio. Si algo hace singular a nuestra sala es la posibilidad de eliminar butacas, suprimir barreras entre actores y espectadores y permitir esa inmersión que hace de una experiencia así algo inolvidable y excepcional.

Último tren a Treblinka es una de esas experiencias sin duda excepcionales e inolvidables para el que la vive.

Pero hay más cosas excepcionales en este mes de febrero.

Excepcional es poder contar con Nieve de Medina, actriz que merece sólo por ella misma reservar una tarde para disfrutar de su sabiduría teatral. Y qué decir de Claire Cunningham, aclamada en todo el mundo y cuyo dominio del movimiento la convierte en alguien realmente excepcional.

Nuestra sala es una excepción, porque se aparta de lo ordinario, y este mes de febrero es extraordinariamente excepcional.

 

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