Cuando hace ya más de treinta años empezamos la andadura de Cuarta Pared los teatros estaban inundados de  representaciones de los clásicos de nuestra cultura. Había festivales dedicados al teatro clásico, los teatros institucionales programaban arte clásico y había compañías que, debido a que era lo que les demandaban para las giras, también producían teatro clásico. El teatro era en aquel momento una excusa para actos sociales lejanos al interés del público, un elemento de prestigio para las élites y, desde el punto de vista artístico, algo arqueológico lejos del teatro vivo que nos interesaba. Por ello decidimos que el centro de nuestra programación fuese la dramaturgia contemporánea, un teatro que hiciese el esfuerzo de hablar del ahora desde el ahora.

La excusa de que el arte clásico tiene vigencia  porque perdura y nos habla de valores universales es sencillamente eso, una excusa. ¿Esto quiere que decir que ocuparse de los clásicos en la escena no tiene sentido? Evidentemente no es eso de lo que hablamos, pero volver a presentar una obra clásica exige el esfuerzo de abordarlo como una obra de hoy, que habla no del ayer sino de nuestras preocupaciones actuales y con una visión y sensibilidad artística que  permita la comunicación con el espectador de hoy. Una obra de hace veinte siglos puede servirnos para hablar del presente si está contada desde el presente; si más allá de cambios cosméticos de época o vestuario, existe una profunda intención de indagar en la esencia del ser humano  que , esa sí, permanece. Un teatro no es un museo de arqueología teatral.

Tenemos la suerte de contar este mes en nuestra programación con  experiencias teatrales y musicales que avalan todo lo anterior y que hacen un esfuerzo no por actualizar, representar o divulgar los clásicos sino por hacer teatro vivo inspirado en  los clásicos.

Disfrutemos de ese diálogo entre pasado y presente.

 

 

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