Una galaxia de luciérnagas
Un intenso monólogo de Aina Tur y Anna Alarcón
10 ENE 2021
FECHA: 10 de enero de 2021 [EVENTO CANCELADO] | HORARIO: A las 20h. | DURACIÓN: 70min | PRECIO: 14€.

Una galaxia de luciérnagas nace de la experiencia violenta que vivió la autora y directora, Aina Tur,  durante una estancia en Latinoamérica. Esta traumática experiencia toma la forma de un intenso monólogo teatral dedicado a todos los que viven en aquellas zonas del mundo donde no llega la justicia, donde una muerte vale tan poco como una vida.

Todos tenemos una historia silenciada, que nos molesta, nos incomoda. Un suceso que tuvo lugar y que, si hubiésemos podido elegir, no habría ocurrido. Pero ocurrió. Y existimos en ese instante. Sin escapatoria.

Una galaxia de luciérnagas parte de una experiencia personal. De un hecho violento, un asalto. Y de sus consecuencias. De la aceptación. Porque el recuerdo permanece. Intacto. Esperando la grieta, la escapatoria. La fabulación.

Desde que ocurrió, se han oído millones de versiones. En casi todas, se han obviado algunos nombres propios y ciertas localizaciones. Por motivos de seguridad. Y es que, a veces, cuanto más amplio es el alcance de tu privilegio, más desearías no haber existido. Que ese momento fuese una pesadilla, solo eso. Una pesadilla. Pero, sobre todo, lo que más detestas, es esa silla de la que no te puedes levantar.

Ya se lo he dicho. No puedo despegar el culo de esta silla. Los mangos van cayendo y, yo, no me los puedo comer.

La experiencia violenta que vivió la autora y directora durante una estancia en Lationamérica toma forma de monólogo dedicado a todos los que vivien en esas zonas del mundo donde no llega la justicia, donde una muerte vale tan poco como una vida.

En julio de 1998, cuando tenía 21 años, Aina Tur estaba en Latinoamérica participando en un proyecto de cooperación internacional con otros ciudadanos españoles cuando sufrieron un asalto a mano armada. Aquella experiencia transformó la vida de la autora, tanto por la dureza de la situación que vivió como por sus consecuencias. Algunos días más tarde, pudieron constatar que la procedencia europea de cuatro de las víctimas había desatado unos mecanismos que nunca se habrían activado por ningún habitante del país en el que se encontraban. Lo que sucedió marcó la vida de la autora y, posiblemente, las del resto de cooperantes que la acompañaban en aquella circunstancia.

Veinte años más tarde, la experiencia se ha transformado en un monólogo teatral que llega a escena y que no únicamente sublima una experiencia teatral traumática que hace revivir el encuentro entre víctimas y verdugos. Sino que también, pone el foco en el privilegio que suponen haber nacido en un país rico y en como la ética, la moral y la justicia se maniiestan en la periferia del sistema.

Firma la propuesta una joven dramaturga y directora, pero también pedagoga e impulsora de proyectos escénicos y culturales, que nació en Menorca en 1976. Ha publicado teatro, ensayo y narrativa, ha estrenado seis textos teatrales, entre ellos Addiccions, Evolució (Ed. Primer Acto) o Dimecres (Ed. Govern Balear), que se han visto en espacios como la Sala Beckett, la Cuarta Pared o el Palau de la Música. Hoy, es responsable de Programación en la Sala Beckett y forma parte del Consejo Asesor del Centro Dramático Nacional.

Siempre me reconforta advertir que, pese al imperialismo de la imagen visual que nos oprime y anega, hay en el teatro contemporáneo una corriente -y no menor- empeñada en preservar, explorar y ampliar el poder de la palabra dramática. Palabra que, sin renunciar a las funciones literarias que han acompañado desde sus orígenes a la partitura textual del gran teatro occidental (desde Esquilo hasta Koltès, desde Shakespeare hasta Valle-Inclán…), se ha nutrido asimismo de las vibraciones y ritmos del discurso oral, que los juglares, narradores y cuenta-cuentos, siempre en los aledaños de la teatralidad, han sabido inyectarle como antídoto frente a la retórica a menudo grandilocuente y sublime de no pocos autores.

Entre otros muchos mestizajes, también la estructura dramatúrgica de las obras de nuestra tradición teatral ha transcurrido en fértil simbiosis con los géneros narrativos, y no solo por el dictado aristotélico según el cual “la fábula es como el principio y el alma de la tragedia” (por no hablar del anti-aristotélico Bertolt Brecht que, en su “Pequeño Organon”, afirma estar en esto de acuerdo con él), sino porque bastaría sobrevolar dicha tradición para comprobar hasta qué punto el teatro ha construido sus tramas o fábulas a partir de los mitos, las leyendas, los milagros, las crónicas históricas, las proezas -reales o ficticias- transmitidas por la tradición, los casos más o menos truculentos o insólitos, acaecidos en lugares próximos o distantes, y un largo etcétera.

De modo que, aunque en determinados avatares de la dramaturgia occidental se percibe un mayor o menor debilitamiento de la función estructurante de la fábula; aunque en el tránsito del siglo XIX al XX es innegable que la narratividad no es siempre el armazón de la acción dramática (Maeterlinck, Chejov, Strindberg, las vanguardias, Beckett, Pinter, etc.); aunque, más recientemente, el llamado teatro postdramático reivindicó asimismo otros dispositivos sobre los que desplegar el devenir de los personajes (o de los actantes) en el texto y/o el espectáculo, resulta innegable que la función narrativa del texto dramático no tiene visos de jubilarse.

Dígalo si no esa sólida y diversa corriente de la escritura dramática contemporánea que algunos dan en llamar narraturgia… precisamente por su inextricable fusión y tensión entre la narrativa y la dramaturgia, de la cual esta luminosa “galaxia de luciérnagas” que Aina Tur nos ofrece es una contundente muestra. Que contornea también otra fructífera tendencia de la escritura teatral -y no solo teatral- más reciente denominada autoficción; su definición y genealogía podrían dar, y ya lo han hecho, para más de un ensayo, pero baste señalar aquí que representa una rotunda irrupción de la voz narrativa del autor, sin ambages y en primera persona, que transmite al público un relato autobiográfico.

Como bien sabemos, lo autobiográfico está muy frecuentemente inscrito en los géneros narrativos, en algunos ensayos y, obviamente, en la poesía; y sin duda también lo está -aunque generalmente velado- en no pocas obras dramáticas. Lo peculiar de la denominada autoficción es el impudor (entiéndase sin ningún matiz peyorativo) de que el autor hace gala, en especial cuando -como en este caso la autora- renuncia a cualquier atavío narcisista y se exhibe ante nosotros con sus flaquezas, sus miserias físicas, su turbación moral, su miedo, su impotencia, en fin, ante una situación que colapsa su capacidad de reaccionar.

Pero no es esta valentía autoral lo único que subyuga en la obra de Aina Tur. Es también valiente la propuesta dramatúrgica y escénica: una mujer sentada frente a nosotros, inmovilizada por aquel miedo, que nos habla, nos habla y nos habla, alternando el relato de su terrorífica aventura centroamericana con sus largos silencios… que nos dan que pensar, que nos exigen pensar (entre otras cosas, por ejemplo: ¿Qué hubiera hecho yo en su situación?). Y, desde el punto de vista del “espectáculo teatral”, no hay más: una mujer que nos cuenta una “historia basada en hechos reales”, sin apenas moverse, “con el culo pegado a la silla” -literal- y unos mangos -imaginarios- que de vez en cuando caen del árbol -ídem-, ella los pela con un cuchillo -ídem- y así se impregna nuevamente del olor, del sabor y del pegajoso jugo de su aventura “tropical”…

Y sin embargo, pesa a tal escasez espectacular, que a menudo evoca -y se agradece- los dispositivos minimalistas del último teatro de Beckett, el discurso narrativo nos atrapa, nos hipnotiza casi, no solo por la pericia con que dosifica los avatares de la terrible experiencia -la más que probable masacre en que la cosa puede concluir-, sino por la “galaxia de sensaciones” que la palabra de la autora despliega en su evocación: olores, sabores, colores, sonidos, el calor tropical, las picaduras de los mosquitos, los pies descalzos hundiéndose o resbalando en el barro, el frío del cañón de la pistola en la sien, la luz… y las otras voces del cuerpo, como cuando a una mujer, al cachearla, le tocan repetidamente el culo, o como el agarrotamiento del cuerpo cuando a uno le ordenan que no se mueva, y hay cinco armas encañonándote…

Pero también la gama de sensaciones que el trópico centroamericano te brinda, de modo que las palabras, desde la voz de la mujer inmóvil, revolotean por escena como tejiendo un tapiz que el miedo no consigue deshacer; o mejor, como una pintura impresionista -o hasta puntillista– que funciona como fondo y figura del relato. Relato que entrelaza asimismo el tiempo y el espacio y -lo vamos descubriendo poco a poco- los diversos yoes del personaje, que incluso nos cuenta un episodio de sincronicidad (“coincidencia en el tiempo y en el espacio de dos episodios no relacionados causalmente”, pero unidos por su significado; vid. Jung y Pauli, entre otros), que nos asoma brevemente al campo de la física cuántica…

Para concluir -sin desvelar nada de lo sustancial de la aventura narrada, de la fábula-, solo me queda señalar que el texto de Aina Tur nos coloca además ante un dilema ético que no puede dejar de perturbarnos. Los “cinco muertos” que la autora y protagonista sigue llevando a sus espaldas “veinte años después”, así como sus más que probables “cinco madres”, ¿seguirán titilando en nuestra conciencia de lectores y/o espectadores, igual que las cinco luciérnagas persistentes en el escenario… aun después del oscuro final?

José Sanchis Sinisterra

[…] El texto escrito por Tur e interpretado por Alarcón (que publicará Libros de la Vorágine) podría ser un género que mezcla relato teatral y crónica, y lo que desde los inicios del nuevo periodismo algunos dieron en llamar reportaje personal o autoficción. Un recuerdo que, cuenta Tur, esperó casi 25 años en desvelar. Tras cenar con un amigo, la escritora le dijo: “Has de saber algo de mí. Necesito contártelo”. El amigo contestó luego: “Aina, me lo cuentas como si fueras culpable. Y eres una víctima”. Después de esa sobremesa, Tur se encerró tres días y se puso a escribir lo que sería Una galaxia de luciérnagas (título que alude a un momento de belleza) y a contar un monólogo de 28 páginas narrado por alguien bastante parecido a Tur y luego interpretado por Anna Alarcón. En la posfunción de Salt, actriz y autora se recuerdan tan juntas preparando el montaje que los mismos sueños parecían brotados de historias sin compartir. Aina Tur tenía apenas 21 años cuando entró en un proyecto de cooperación internacional en Latinoamérica, donde fue víctima de un asalto a mano armada “en el segundo país más violento del mundo. Una historia que no había contado o no quise contar”.

La historia empezó el 24 de julio de 1998, “en un pequeño país del trópico que no nombraré por razones de seguridad, del mismo modo que debo obviar algunos nombres y lugares”. Imposible, pues, detallarlo todo. Contaré fragmentos del relato, sobre todo los que vuelven. Lo que realmente vale la pena es ver y escuchar a Anna Alarcón y leer el no menos estupendo texto de Aina Tur. Empezó con una pesadilla. La protagonista está prisionera, incapaz de levantarse de una silla, con un calor salvaje, que parece empapar realmente a Alarcón. Los mangos van cayendo y no se pueden comer. Una pesadilla en la que se une lo sensual, el aroma feroz de la fruta y el ansia de escapar. “Sabía que algún día contaría lo que pasó”, cuenta la narradora, “pero nunca encontraba el momento, el impulso, ni la valentía”. Tras colaborar con otra ONG, Tur y sus compañeros son asaltados por cinco jóvenes encapuchados, que corrían hacia ellos con pistolas y ametralladoras. Sigue: “Nos tuvieron cinco horas retenidos, descalzos (menos yo), las manos a la cabeza, encañonados. Dos pistolas. Dos fusiles de asalto: un AK47 y un M16. Yo era la única mujer. Nos guiaban a gritos, fuera del camino”. Pidió que no la torturasen durante días. Rezó. “A Dios. Sí, ya sé que no existe. Pero le pedí una violación rápida, no muy dolorosa, sin sangre. Sin tortura, sin secuestro”.

Retengo estas frases: “Estaban cada vez más cerca. Yo no pensaba: pienso ahora. Entonces me limité a hacer lo que decían”. Y esta frase que podría ser de Sarah Kane: “Dejé de pertenecerme”. Todo eso fue terrible, sigue, pero fueron peor las consecuencias. “Aprendí, entre otras cosas, el privilegio que supone haber nacido en un país rico: que los asaltados fueran europeos”. Y esta otra, de otro territorio: “El dedo tembloroso de ese atracador joven que había sentido algo de compasión por mí, y me había dedicado unas palabras de consuelo”. Las pesadillas seguían. Y una culpa. Cuando me dijeron: “Te vamos a proteger”. Eso le dio más miedo. Dos polis. Uno bueno y otro quizá más malo. Los polis redactan la denuncia. Aquella noche, una galaxia de luciérnagas.

Volvió a Barcelona. A la universidad. Un silencio que todavía existe. Lo que pasó a sus espaldas. Hay una cierta frialdad necesaria en el relato, que se cuenta sin subrayar el horror. Importa la verdad y la contención. Otra frase capital: “Han pasado más de 20 años. Y lo recuerdo todo. Como si me hubieran tatuado una fotografía en el cerebro”.

Comienzan a caer mangos como luciérnagas. Hay cinco muertos.

Marcos Ordoñez, EL PAÍS

Aina Tur (Menorca, 1976) es una  joven dramaturga y directora, pero también pedagoga e impulsora de proyectos escénicos y culturales. Ha publicado teatro, ensayo y narrativa, ha estrenado seis textos teatrales, entre los que hay Adicciones, Evolución (Ed. Primer Acto) y Miércoles (Ed. Gobierno Balear), que se han visto en espacios como la Sala Beckett, la Cuarta Pared o el Palau de la Música. Hoy es responsable de Programación en la Sala Beckett y forma parte del Consejo Asesor del Centro Dramático Nacional.

Anna Alarcón, su protagonista y colaboradora en el monólogo Una galaxia de luciérnagas, es sinónimo de intensidad. Se dio a conocer en Sé de un lugar (con la que hizo gira dos años por toda España con Xavi Sáez) y Esmorza amb mi, ambas de Iván Morales. De otros muchos trabajos de Alarcón destacan también Prendre partit, de Ronald Harwood, y la escalofriante Psicosi de les 4.48, de Sarah Kane.

EL MALDÁ
Autoría y dirección: Aina Tur
Interpretación: Anna Alarcón
Escenografía e iluminación: Marc Salicrú
Vestuario: Mireia Costa
Espacio sonoro y composición musical: Jaume Manresa
Movimiento y ayudantía de dirección: Carla Tovias
Fotografía y vídeo: Kenneth Santos
Comunicación: Ester Cánovas
Prensa: Anna Aurich – La Còsmica
Dirección técnica: Albert Glas
Asistente de producción y distribución: Montse Farrarons
Producción ejecutiva: Marina Marcos – El Maldà
Una producción de El Maldà, Festival Grec de Barcelona, Fira Tàrrega, Teatre Principal de Palma y Teatre Principal de Maó